18 ago. 2013

Los cursis

Pablo Fernández Christlieb
Tomado del libro: La velocidad de las bicicletas



Los cursis creen que la función de las ventanas es tener cortinas, que les encantan, porque es lo que más tela lleva, y la tela es el material de la cursilería; de hecho, visten a sus quinceañeras de cortinas en el clásico color pistache tornasol, y son los únicos que conocen palabras como tul, organdí, tafetán o raso, y no hay problemas si el tul es de nylon. La cursilería es el mal gusto de los buenos sentimientos.

La cursilería es un acto público, y por eso se regalan algún detallito los 14 de febrero y se esmeran en todas las demás fechas programadas para este fin: los bautizos, las declaraciones de amor y las operaciones de amígdalas, en las cuales el objetivo es que los demás admiren lo bonitos que son sus sentimientos de amorz, amistad, ternura y delicadeza. Este tipo de sentimientos son suaves, mullidos y etéreos. O sea, incorpóreas y esponjadas, por lo que las reproducen con hielo seco en sus ceremonias y, por lo demás, las imitan en todos los decorados, desde el merengue del pastel y el peinado de noche hasta las patas de las mesas y los marcos de cuadros, retacados de volutas y contornos regordetes. Se nota el horror que tienen por las aristas y las lineas rectas y se entiende su predilección por los dorados y la pedrería que no escatiman, ya que sería como quitarle roces de sol y perlas de rocío a las nubes de colores nebulosos, como el azulito, el maney pálido y el rosa.

La tela es el artefacto humano que mejor copia las vaporosas cualidades de las nubes en sus orlas, olanes y escarolas, de modo que los cursis adoran todo, incluidos ellos mismos, de drapeados, frunces, moños, satines, cojines, brocados, carpetitas, manteles, vuelos, encajes y perifollos, lo cual los hace sentirse en las nubes. Los muñecos de peluche son su insignia. Y así como todo lo representan con nubes, todo lo hablan con azúcar, porque los buenos sentimientos saben dulce: sus saludo y sus apodos están hechos de mermelada. Una "nube de algodón de azúcar" es su consigna.

Los cursis, sin proponérselo, le atinaron a su símbolo, porque una nube no es una forma: es un exceso de formas, con caireles hasta en los caireles sin que haya indicación de cuanto es bastante. En efecto, desconocen la tenue frontera entre lo suficiente y lo demasiado, y la cruzan con la fineza característica de los hipopótamos. Según ellos, lo único que le falta a un adorno es un adornito más, y por eso le ponen al televisor una figurita de porcelana encima, carpetita de por medio. Los semiólogos saben que un símbolo no puede contener su significado, que no hace falta ponerle a una pared el letrero de "pared", pero los cursis no estudian semiología, así que para que un pastel sea de bodas no basta con que haya unos novios, sino que además hay que ponerle uno noviecitos de azúcar, y se intercambian corazoncitos de amor que dentro dicen amor, entrecomillado. Un recuerdo de algo no es recuerdo si no dice "recuerdo de...".

Esta sobresimbolización  implica que los cursis no expresan afectos, sino que avisan que los expresan. En rigor, no les interesa sentir, sino que se note, de modo que paradójicamente, sus desplantes empalagosos denotan en realidad una ausencia de sensibilidad. Después de indicar sus sentimientos, ya no les hace falta sentir. El exceso de expresividad es el artificio, la sobresensibilidad es la cursilería, cuya hipertrofia se aprecia en el orgullo con el que conservan el hule de sus cubrealfrombras y de los forros de sus sillones. De la misma manera que su reloj de péndulo, sus sensibilidad es de plástico y de pilas  made-in-Taiwan.

Así, la cursilería no trabaja con sentimientos, sino con estatus y posición social, que es para lo único que tienen sensibilidad los cursis. El estatus es la emoción de los insensibles. Gracias a titánicos esfuerzos de superación personal, los cursis han logrado recientemente algunas maravillas, como cambiar las cortinas por persianas, e incluso han aprendido a decir "¡qué cursi!" frente a un corazón de chocolate, pero siempre, de repente, fulgura una mancuerna con perlita, un olán al cuadro, un charol que los delata.

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